miércoles, 25 de abril de 2018

Mañana



Edward Hopper-Morning Sun 1952

I
En la piel de mis secretos más profundos
se va grabando mi derrota  contra el tiempo,
que me corroe, me arrastra al mar sin fondo 
del latido incesante del presente.

De este verso brota el alba y se despide el ayer,
esta luz destila el olor de una mañana que olvidé.
Mi mano desvelada traza en el hoy el linde
y estas palabras en mi boca saben ya a día siguiente. 

II
Presentes pasados futuros
inscritos en cada poro de lo inerte.
Ahora del árbol nace un nuevo fruto 
mientras que un cuerpo ya cansado 
                                      se besa con la muerte

Es ahora en cada esquina del mundo 
y si yo veo día y tú noche, 
a ambos nos abraza 
el amargo manto del misterio. 




                             



martes, 20 de marzo de 2018

Los últimos días de invierno

Eugène Atget. Le Panthéon

Estábamos en Marzo. Era el 15 de Marzo para ser más exactos, me acuerdo de la fecha exacta porque cuando nos conocimos el día de mi cumpleaños. Obvio este detalle nunca lo llego a saber.  En aquel momento le decía adiós a mis veinte años y entraba con un gran miedo al tercer piso de mi vida; ya podía sentir como la muerte comenzaba a montarse sobre mis hombros. Siempre creí que iba a morir joven a causa de un cáncer incurable pero aquí todavía sigo. Veinte años después me sigo acordando de todo: de su sonrisa, de cómo era falsa al principio pero poco a poco se transformaba en una verdadera. Abría su boca mostrando cada perla, se tenía sólo que esperar unos segundos para que el misterio que escondía entre su boca fuera revelado.
La conocí una tarde cerca de la plaza del Panteón. Yo salía de la Saint Geneviève y aún seguía nevando, cosa extraña porque nos acercábamos cada vez más a la primavera. Ella estaba sentada al otro lado de la calle. La vi prendiéndose un cigarrillo mientras que miraba pasar la gente, como si buscara un rostro en específico, como si estuviera esperando a alguien, a un amigo, a un amante, o por qué no, a mí. En esa época siempre llevaba conmigo mi cámara, a pesar de todo era ese mi trabajo aunque no ganara mucha plata. Me fui acercando poco a poco hacia ella sin que me notara. La nieve no parecía molestarla. Esa clase de días grises le gustaban, me dijo esa misma tarde, según ella así la ciudad se acordaba más con su carácter melancólico de naturaleza. Me acerqué aún más y sin pedirle permiso le tomé varias fotos. Su mirada en el vacío, el cigarrillo en su boca, ella siempre en ella, sumergida en su mundo. Cuando se dio cuenta de mi presencia me preguntó si le podía entregar las fotos, mañana vendría a ese mismo lugar, a la misma hora para recogerlas. Me dijo que le daba curiosidad ver cuál sería el resultado diciéndome “Aunque sé muy bien cómo saldré, voy a aparecer como un fantasma” Yo sin más acepté sin preguntarle cuál era su nombre, su edad, qué hacía en la vida, qué hacía bajo la nieve un 15 de Marzo, el día de mi cumpleaños. Después sin más se despidió, la seguí con mi mirada hasta que su figura se disipó en la distancia. La plaza estaba vacía y de repente, de un solo tiro sentí cómo la soledad caía sobre mí.

Como no tenía nada más que hacer esa tarde fui de regreso a casa. Vivía en la calle 47 rue de Vaugirard. Aquí había construido mi pequeño cuarto oscuro, mi laboratorio donde el tiempo no podía entrar, ni la vida ni la muerte a decir verdad. En el rollo había cinco negativos de la desconocida. Se veía a una joven con el cabello corto, sentada con un abrigo largo que ocultaba su figura y una sonrisa de mona lisa. Cuando las fotos estuvieron listas me di cuenta que en las cinco fotos que le había tomado su rostro  salía borroso. Su mirada se perdía aún más, sus rasgos finos no se podían determinar con precisión. Pensé entonces que tal vez había sido un error de mi parte ¿Tal vez había dejado entrar un poco de luz? Debía de ser eso. Repetí el mismo procedimiento, esta vez solo dos negativos esperando volver a ver su rostro pero las fotos reveladas seguían mostrándola borrosa, difusa. De todo el tiempo que venía trabajando era la primera vez que me sucedía algo parecido pero me culpé a mí y a mis cualidades como fotógrafo sin dejar de sorprenderme cómo había sabido de antemano el resultado “Voy a aparecer como un fantasma”. Al otro día me levanté a las once de la mañana como de costumbre y durante todo el día no hice más que mirar el reloj esperando la hora de nuestra cita. Llegué al panteón a las cuatro de la tarde y ella ya estaba ahí, esta vez esperando por mí.
Debía de darme vergüenza aparecer con unas fotos mal tomadas pero era también mi oportunidad para volver a verla. Le expliqué que todo había sido mi culpa y le propuse tomarle más fotos con la promesa que esta vez sí la enfocaría bien. Aceptó sin mucho entusiasmo, diciéndome que ya estaba acostumbrada. Según ella la culpa no era mía ni de la cámara, la culpa era de ella y de su “aura fantasmal”. Con una voz que me llegaba como un suave y pausado susurro me confesó que toda su existencia estaba condenada al olvido pero yo estaba decidido a demostrarle lo contrario. Esa tarde le tomaría más tomas y al día siguiente vendría para mostrarle que todo había sido a causa de un mal enfoque. Aceptó sin más reproches y poco a poco durante todo ese día fue dejándome entrever en sus misterios. Anastasia, nombre que casi no me suelta, venia de muy lejos. Nunca precisó de qué tan lejos pero en su acento se podía ver que su lengua materna era el español. Con el tiempo me convencí que debía de venir del sur, de la Patagonia, de un pequeño fin del mundo. Vivía en Paris hacía más de cuatro años, vino arrastrada por el sueño de convertirse en actriz pero en realidad nunca había tenido mucho talento. Cuando se subía al escenario y sentía la luz encima, su cuerpo la traicionaba. Podía ver cómo se iba poco a poco desapareciendo, se volvía inmóvil  y era incapaz de recordar su diálogo.  Es una pena, me dijo, ahora sólo actúo en la vida cotidiana. Aquí entre tú y yo estás presenciando mi mejor acto. Me reí y fue ahí donde me entregó su sonrisa, la primera y a decir verdad la única verdadera. Tuve muchas ganas de besarla y en un impulso me acerqué a su boca. Elle me esquivó y me invitó a caminar hacia su lugar favorito, el jardín de Luxemburgo.
Eugène Atget- Le jardin du Luxembourg

Eran los últimos días de invierno y hacía un frío que te carcomía cada hueso. El jardín estaba casi vacío, sólo nosotros y la sombra de los árboles que se dibuja en el suelo. Hicimos una pequeña caminata alrededor del jardín y cuando llegamos a la fuente el portero nos gritó a la distancia que teníamos que irnos, iban a cerrar dentro de cinco minutos. Fue ahí entonces que la invité a mi casa, no vivía lejos y así le podría mostrar cómo su imagen se convertía en foto, en suvenir en mi pequeño laboratorio. Pero Anastasia enseguida rechazó mi idea, después de todo yo no era más que un desconocido para ella. Lo que me propuso fue de encontrarnos al día siguiente en nuestro lugar de encuentro a la misma hora, ella tenía que irse pero me dijo que seguro vendría a ver las nuevas fotos que habíamos tomado hoy. La vi irse y le tomé una última foto de espaldas, Se iba y su reflejo se desvanecía de nuevo.  
Llegué a mi casa arrastrado por el misterio y la curiosidad de ver cómo salían estas fotos después de reveladas. Para mi sorpresa el resultado había sido el mismo que la vez pasada, salvo la última foto donde se le veía de espaldas. Las de primer plano no dejaban ver a Anastasia pero sí un fantasma, una sombra borrosa. Estaba triste y decepcionado de confirmar que Anastasia era invisible a la luz pero para mí, seguía siendo un misterio que quería seguir descubriendo. Al día siguiente fui a buscarla de nuevo al Panteón, la esperé una, dos, tres horas y nunca apareció. Las semanas siguientes hice el mismo recorrido que habíamos hecho juntos esa tarde, del Panteón al jardín de Luxemburgo sin encontrar rastros de ella. Puede ser que esta historia sea mentira, que Anastasia no haya sido más que un sueño, un fantasma, un producto de mi soledad en aquellos fríos días pero aún veinte años después, así haya ya renunciado a la fotografía, a mi laboratorio, a toda esa vida del pasado, me pasa que la sigo buscando. Hay días que aún la espero al frente del panteón.

jueves, 22 de febrero de 2018

Des sauvages


Ohé, les gars, nous sommes découvertes!
(Un indien apercevant Christophe Colomb) 
Georges Perec- Espèces d'espaces


La Vuelta del Malón- Angél Della Valle 

On les a vus de loin, trois grandes barques capables d’aller contre les lois du dieu océan. On les a vus venir aussi dans nos rêves, comme une prémonition qui nous montrait déjà le fleuve rouge qu’ils apportaient avec eux. Ils sont arrivés sans demander aucune permission. Le premier des hommes à toucher terre a mis un cri qui nous a fait frémir de peur. Il touchait le sable toujours sans croire à toute la nouvelle beauté qu’il découvrait, il balbutiait des mots dans une langue complétement inconnue pour nous. Après, on a vu descendre tous les hommes, plus de 300 hommes, tous avec le même visage, un visage affamé, sauvage.

Au fur et à mesure qu’ils avançaient à pas rapide, la forêt nous murmurait à l’oreille : vous devez fuir. Mais c’était déjà trop tard, ils nous ont trouvé cachés en train de leur expiés. Et cette fois-ci, nous les avons vus de plus près habillés avec de fins tissues inconnues. Tous leurs corps étaient recouverts et la couleur de leurs peaux était plus blanche que l’eau qui coule dans la rivière. Le premier des hommes marchait vers nous tenant dans son bras droit  une croix qu’il a enterrée dans le sol. Puis on a vu que tous les hommes se sont agenouillés et avec la main droit se faisaient des signes dans leurs fronts, au bas de leurs ventres, puis leurs épaules droites et gauches. C'était, comme on l’a bien appris après, leur manière de prier et de rendre grâce à leur dieu, à leur seul et unique dieu.

Ils portaient avec eux des flèches faites d’un marbre noir plus puissantes que les nôtres, des armes amies de la mort et de la barbarie. Notre chef de tribu a été leur première victime, c’était « Intihualpa »  le premier a prononcé des mots de paix et de bienvenue mais sans entendre ils ont abattu son corps de tronc et il est tombé sur terre. C’était lui le premier è embrasser la mort.  Secondes après ils sont sautés sur son corps comme des vrais cannibales en arrachant les chaines d’or qu’il portait avec lui. C’est ainsi que les sauvages ont commencé a volé notre or, c’est ainsi que nous avons découvertes leur vraie nature animale.

sábado, 13 de enero de 2018

En vela


Les amants-Magritte
Musée Pompidou 


Noche en blanco
y tu recuerdo amargo.
Espero del pájaro su canto
y siento tu vacío abrazo





Noche en vela                                                                                                   Mañana desvelada
Y dejo la puerta abierta                                                                          y la cama muerta, helada.
Para que vengas tú                                                                             Persigo al sueño ya cansada
Tú, tú solo sin tu ausencia                                                               que me ignora...y no da tregua.





Tarde lluviosa, la ciudad aulla.
El barullo del pasado me saluda
Mi boca sedienta, ávida calla
y te encuentro levantando esa muralla


domingo, 10 de diciembre de 2017

Treinta y uno

Ship of fools-Bosch

Hace más de dos años comencé este trabajo, la verdad ya perdí la cuenta. Es mejor así,  dejar de contar y hacer que la máquina de los días siga su rumbo, así cuente o no, los días terminan pasando. La verdad no es un trabajo malo, como diría mi papá: Todo trabajo es una bendición de Dios. Con Dios o sin dios soy un conductor de bus de la ruta H que recorre de occidente a oriente, hasta llegar a Termini, este monstruo gigante que es Roma. Para mí es la mejor ruta de todas, la mejor porque es la única que conozco. Me la sé toda de memoria. De día, de noche, cuando hace sol, cuando llueve, en verano, invierno, otoño, primavera ahí estoy yo dándole.

Entro a trabajar a veces a las 7 de la mañana o cuando hago el turno de las noches es a esa hora que termino. Si me pusieran a escoger trabajaría siempre en las noches, no sólo porque ya no hay tráfico sino porque prefiero las historias a esa hora. Las historias de las tres de la tarde rodean siempre el tedio y el cansancio de la rutina, las de las tres de la mañana terminan en verdaderas confesiones. ¿No sabes? A Marco lo mataron aquí a la vuelta de Termini. Se le dio por vender en la esquina que no era. Pasó la frontera y una hora después ya estaba cruzando la de la muerte, tirado en el piso con una bala enterrada en el pecho. Claro, todos hicieron como si nada y salieron corriendo. Cuando la policía llegó a los diez minutos sólo lo encontraron con el jean y la camisa. Le habían quitado todo. La mercancía. Los adidas. El Iphone. La billetera. Pues obvio, eso para qué le va a servir allá. Yo no estaba, no no no. Esa no es mi zona, lo mío es Piramide porque ahí es más calmado, puro estudiante extranjero que se la pasa de fiesta.

Trabajo casi todos los días, incluso en los días festivos como hoy. De hecho no me molesta, a Francesca tampoco. Me dijo que iba a ir con el niño a visitar a su mamá. Entre trabajar a ir a la casa de la suegra…la elección se hace por sí sola. Además por lo general los festivos el tráfico es tranquilo y los pasajeros pocos.  Ayer me dijeron que el primer bus sale a las nueve y media así que todavía tengo media hora para seguir tomándome el café con pan. Saludo a  mi compañero que entra afanado- Hola compañero- le digo y tomo de nuevo un sorbo poniendo toda mi atención en la taza para evitar que empiece una conversación. A este nunca lo he visto pero nos conozcamos o no, es como si fuéramos primos lejanos.  Por suerte sigue derecho casi corriendo al baño. Así nos toca porque sólo tenemos cinco minutos libres antes de empezar la otra carrera. Se me acaba el café y me dan ganas de pedir otro pero ya con este vienen siendo tres. Me da igual. Mejor pedir otro y no quedarse con las ganas. Le hago señas al barista para que me pase otro. Me sonríe y se lo pone hacer, así, sin una sola palabra, nos podemos entender. En la tivu hablan sobre la muchacha que encontraron en villa Borghese. Los infelices después de violarla, la amarraron a un árbol y dejaron que se muriera de frio. Todavía no han podido identificarla. Lo más probable es que no sea italiana, francesa o gringa. Mi compañero de al lado, que tampoco conozco,  dice que ya está cansado de escuchar la misma historia. Llevan con el cuento de esa ragazza ya dos días. No. Esta es otra que encontraron apenas esta mañana, dice Andrea el barista pasándome otra taza llena.  Miro el reloj y ya sólo me quedan diez minutos antes de empezar. Me lo tomo bien despacio esta vez, esperando así que el tiempo también pase lento, que esos diez minutos vuelvan a ser treinta. No es que no quiera ir a trabar hoy. Sí. Sólo que entre trabajar y tomarse un cafecito…la elección se hace por sí sola.

Me levantó ya perdiendo la batalla con el reloj. Tic.Toc. Me susurra: Tienes que ir a trabajar. Me despido de todos pero como suele suceder, mi voz se pierde en el aire y ni se dan cuenta que ya me fui. Voy hacia el bus. Veo que ya hay gente que me espera  pero antes de llegar otro primo lejano seme adelanta y va abriendo las puertas. Acelero el paso y ya empiezo a armar la frase que aclare todo por las buenas: COM PA ÑE RO ESTE ES MI. Antes de que abra la boca él se me adelanta y me lanza la bomba de frente: COMPAÑERO, cambio de último minuto. Yo hago la H y usted creo la 31. Hay uno que todavía sigue en el baño y toca remplazarlo. Quedo frio. Otro cafecito Andrea por favor. Me dice que acelere el paso y me señala la  parada de al lado donde me espera el infierno.

 ¿La 31? ¿Y esa dónde es, y esa a dónde va…? A mí nunca me dijeron que para ser conductor era obligatorio conocer cada esquina de la ciudad ¿Pero es que hay alguien que de verdad la conozca por completo? No me da tiempo de darle explicaciones y a quién se las voy a dar.  Voy hacia el bus y veo gente ya esperando. Miró rápido el mapa que recorre y me doy cuenta que esta TREINT'UNO va de la cabeza a los pies del monstruo y yo que sólo he recorrido sus tripas. Bueno. No hay de otra que andar para adelante. Dejo subir a toda la gente. Hago la cuenta: Uno, dos y tres. Nadie valida su pasaje pero también, qué más da. Me doy cuenta que las primeras tres paradas son las mismas que la línea H. Estoy salvado por ahora. Cuando se sale de Laurentina todo es calmado y peor un festivo. Ni una hoja que se mueve, sólo soy yo el que tiembla. Tal vez lo mejor sea confesar la verdad, decirles que no tengo ni idea por dónde es que voy. Otra vez le pido al tiempo que se doble y que no salgamos de las paradas que conozco. Tic toc, segunda parada y la tercera ya nos saluda. Miro por el retrovisor los rostros de cada uno de los que van conmigo. Al fondo junto a la ventana una muchacha de unos veinte años. Esta no tiene cara de ser por acá…ni de ningún lugar a decir verdad. A mí lado  una vieja de unos setenta y cinco años.¿E tú? ¿Pero qué haces tú acá viejita y no en tu casa? Andará al hospital o a algún mercado. Esto es lo más bonito del trabajo. En cada viaje, cuando no hay historias que escuchar, adivinar una vida detrás de cada rostro. En la mitad del bus, el único que no toma asiento, un señor de unos cuarenta años. Este sí me va a odiar si le digo que no tengo ni idea por dónde es que los tengo que llevar. Con esa cara de preocupación irá tarde al laburo. Me detengo. Es esta la última estación donde espero que el tiempo se detenga, que el mundo acabe o que me venga a la memoria como por puro milagro la ruta que hay que seguir ahora.  Me detengo yo pero no el tiempo. Se sube una señora cincuentona y escucho unos buenos días que me tranquilizan un poco no sin acabar por completo con mi angustia.

No me queda más que continuar y para mi desgracia hay una intersección. Miro hacia al frente, a la derecha y a la izquierda. Cualquiera de las tres opciones parece ser la correcta pero sólo una la adecuada y un sólo intento. Miro de nuevo el retrovisor. El señor que ya me odia controla con desespero el reloj. La joven al fondo continúa con sus ojos fijos en la ventana o hacia otro mundo. La viejita, por el contrario, ve hacia adentro con sus ojos bien cerrados ya soñando. Miro a la recién llegada y nuestras miradas se cruzan. Desde la distancia el espejo nos acerca y me trae una vaga sonrisa. Yo se la devuelvo con esfuerzo. Pobre señora, acabo de ver la sonrisa más trágica de toda su vida. Pero ese nuevo rostro me da confianza y me dice como: Sí, anda, pregúntame que yo sé bien el camino. Sin más remedio abro la puerta de mi pequeño fuerte y me entrego a mis verdugos. ¿Con la guillotina, la horca, la espada o una sonrisa de desprecio? ¿Cuál de todas será su arma? Preparo mi discurso y les digo con una voz más fuerte que los tres cafés que me tome esta mañana, con una voz que me viene yo no sé de dónde: Buenos días ¡Piedad, por favor, piedad! esta es la primera vez que hago esta ruta Maldito bus TREINTA Y UNO y la verdad no la conozco muy bien. No señor, sé que me odia desde que me vio pero ¡LA GUILLOTINA NO!  ¿Saben si aquí hay que seguir derecho o voltear a la izquierda o a la derecha? Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. ¿Cuáles son mis últimas palabras?  Hay un silencio mientras que siento como ya me voy quedando sin trabajo. ¿Qué voy a hacer después? Si ni siquiera soy bueno en esto. Conductor de bus que no conoce su ciudad, esto sí está como para escribir un mal cuento. El primero que reacciona es el señor, me mira con todo el odio que jamás he sentido. Dígale a mi hijo que lo amo y que puede sentirse libre de llamarse mi hijo. Me grita en la cara, me predice la muerte que por lo que veo me sopla ya en la nuca y pide que abra las puertas para que se baje. No encuentro las palabras para responderle ¿Pero qué piensas hacer estronzo? ¿Sacar tu capa de Superman y salir volando?  y sin más vuelvo a la cabina para abrirle las puertas. Pero escucho que la cincuentona se levanta y viene también a unirse. No, tú no. No puedes ser un Judas con mi confianza. Se pone de mi lado y nos dice: Tranquilos, va tuto bene. Tú volteas aquí a la izquierda y de ahí sigues derecho, siempre derecho. Yo te aviso cuando tengas que  voltear otra vez. Porque me perdonaste la vida, aquí te la entrego. Le vuelvo a sonreír esta vez tratando de expresar mi gratitud y prendo el bus. Volteo a la izquierda y sigo derecho. Es en esta estación que mi enemigo se baja no sin antes despedirse de mí. Que te vayas a la mierda. Me río.  Tranquilo, que allá sí sé cómo llegar…


29 de Octubre 2017
Roma, Bus 31


La realidad hoy supera la ficción. Estoy en el bus 31 que me lleva de Laurentina a via Gianicolense. El conductor a mitad de camino nos dice: ¿Ustedes saben si aquí tengo que ir a la derecha o a la izquierda? Al parecer no tenía ni idea de la ruta que tenía que hacer. Por suerte una señora de unos 56 años se vuelve la guía de todos. Se levanta y va hacia el frente del bus. Se pone al lado del joven conductor y le dice que tiene que ir hacia la izquierda y de ahí derecho, siempre derecho. Qué bueno es saber que todos vamos perdidos y que no tenemos ni idea a dónde es que vamos.  

Diana Velasco 

domingo, 5 de noviembre de 2017

Partida



Presente e passato- Giorgio de Chirico 


El viajero al irse dice volver.
Promesa falsa que se olvida del tiempo,
que engaña a la estúpida muerte
y al traicionero del olvido.


Dice adiós y en la partida 
esconde ya el deseo del regreso. 
Dice adiós y a Dios le llega
 el eco de un saludo y el grito de la duda 

Ausencia y el abrazo de la despedida 
se acobija en el manto del misterio 
Emprende viaje, traza un camino 
y se encuentra enseguida con lo desconocido.

Su brújula persigue un latido incesante
 que se escucha en cada paso:
El constante pulso del futuro errante.  
Se entrega así  por completo a la intriga,

sumergiéndose en el  abismo de los 
                                                      días.  




domingo, 24 de septiembre de 2017

Esbozo de una vida sin testigos II

Segundo Trazo

Todas las mañanas acostumbro atravesar el parque Monceau para coger la línea 2 del metro que me lleva, en 30 minutos, en  1800 segundos, al trabajo. Todas las mañanas, la figura de aquel viejo señor bigotudo y barrigón me esperaba. Era mi señal para saber si iba a tiempo. Si al pasar por su banca lo veía empacar todas sus cosas, una vieja  cobija que guardaba en una bolsa y un libro…siempre un libro diferente, iba a tiempo. Si al pasar ya no estaba sabía que el tiempo me había puesto una trampa y tenía que empezar a acelerar el paso. 

Statue and Figures in a Street- Francis Bacon 

 Aquella figura de viejo borracho sin hogar en realidad se revelaba como una figura imponente llena de misterio  para mí. Al verlo sentado leyendo en su única posesión en la tierra: una vieja banca que le servía de colchón, de cama, de cocina, de sala y biblioteca, me acordaba de toda figura paterna que siempre imaginé y nunca tuve. El pasaba por mi abuelo y hasta por mi padre. Me pregunto qué pudo haber pensado de mí, si es que alguna vez me vio. ¿Acaso al verme me habrá imaginado una mujer feliz o una llena de silencio y soledad?  A lo mejor ni me habrá visto. Pero sí, lo recuerdo muy bien. Una vez nos sonreímos y hasta creo haberle entendido un vago “Bonjour mademoiselle” saliendo de esa cueva que al abrirse mostraba pocos dientes.

Cuando yo regresaba del trabajo, alrededor de las nueve de la noche el sol todavía iluminaba la noche y podía atravesar el parque con toda tranquilidad. El señor Dupont a esa hora ya estaba en su palacio. Así que para mí ese desconocido era una especie de reloj, una señal que abría y cerraba el curso de mis días. Tuve alguna vez ganas de seguirlo para descubrir en qué ocupaba sus días, ahora me arrepiento de nunca haberlo hecho. Tal vez iba a un baño público a lavarse, quizá después iba a vender el libro que ya había terminado de leer e intercambiarlo por otro. Después se escabullía en el universo subterráneo que esconde París pidiendo algo de dinero para comprar su desayuno, su almuerzo y su comida: cigarrillos, pan y vino.

Esa noche cuando ya regresaba del trabajo vi que François ya dormía. Miré la hora y confirmé que había salido una hora más tarde de lo habitual, de regreso solía encontrarlo todavía despierto a veces leyendo, a veces acompañado de alguien más, siempre tomando cerveza o vino de la botella. Miré al cielo y también confirmé que el sol del verano ya estaba lejos y la noche nos abrazaba a ambos, asfixiándonos un poco. Me sorprendió que mientras dormía su cuerpo no estuviera sudando, el calor a esa hora de la noche parecía no dar tregua.  Decidí acercarme un poco más, lo suficiente para notar que su rostro estaba pálido. Pensé que era normal en él, a todas estas era la primera vez que me atrevía a romper la frontera entre extraños que nos separaba.  Mientras dormía parecía que abandonara por completo toda humanidad así que me sentí en el derecho de vigilarle un poco el sueño.

Me senté a su lado esperando a que regresara  a la vida, que abriera los ojos y me viera. Tal vez me respondería a todas las preguntas que tenía sobre él y aceptaría la poca ayuda que podía darle: mi más sincera amistad y por qué no, los únicos 20 euros que tenía en la billetera. Vi que había dejado el libro al lado suyo y no pude evitar abrirlo. Estaba leyendo el mito de Sísifo de Camus, un escritor que yo conocía de nombre. Ya estaba terminándolo, lo abrí y la primera frase que leí fue “No hay sol sin sombra, es necesario atravesar la noche”. Empecé a leerlo sin comprender mucho a decir verdad, la ansiedad  de verlo despertar me distraía de todo. Miré de nuevo la hora y ya faltaban diez minutos para la media noche. Me di cuenta que François ya estaba bien dormido y probablemente no se fuera a despertar hasta el día siguiente así que decidí irme también a acostar, prometiéndome que  le hablaría por la mañana diciéndole: Buenos días señor Dupont. “No hay sol sin sombra, es necesario atravesar la noche”.

Al día siguiente pensé que iba ya muy tarde para el trabajo porque no lo vi en su banca ni en ninguna otra. Miré de nuevo la hora y me di cuenta que de hecho tenía tiempo de sobra, tal vez las ganas de entablar esa conversación que había quedado pendiente entre los dos me habían hecho salir más temprano. ¿ A dónde se había ido el señor Dupont?  Nadie podía darme señal de un desconocido que nadie parecía conocer y que sin embargo hacía parte del paisaje cotidiano de todos aquellos que atravesaban el parque. Sin más y con nada menos que mil preguntas en mi garganta caminé hacía el metro y ahí fue cuando vi este anuncio.Ahí fue cuando me dije que François Dupont no podría ser más que el viejo bigotudo y barrigón del parque Monceau. Ahí fue cuando los llamé y vine. Como se da cuenta, yo la verdad no sé nada de este señor, sólo vagos esbozos de su vida que me he inventado.

Primer trazo 
http://cuentossincontar.blogspot.it/2017/04/esbozo-de-una-vida-sin-testigos.html