lunes, 18 de mayo de 2026

Pandemónium

Le Pandemonium - John Martin

 

De mis días para hacer honesta…no tengo mucho que hacer de ellos. Todos los planes, proyectos, trabajos, entregas, plazos…ya no están dentro de mis ocupaciones. Llevo la vida de los viejos que al parecer están condenados a esperar.

Mi ocupación, desde hace ya algunos años, es la de dejar el tiempo pasar y vivir mi vida sin planes. Admito que mi condición es privilegiada, y aún así, a veces me doy el derecho de quejarme. Una de mis ocupaciones, es entonces pasar parte de mi tiempo imaginándome otras vidas mías, otras donde estaría menos sola. Hoy, por ejemplo, me imagino que mi casa la comparto aun con mi esposo, que él se encuentra en la sala leyendo y yo de lejos lo miro con cariño. Pero en mi sala sólo está mi gata Simone.

Después de almorzar acostumbro ir a tomarme un café en la esquina de mi casa. Ya me conocen también que cuando entro ya ni tengo que pedir. Me siento y ya me van trayendo mi café con leche. Saludo de lejos a Martín, el mesero que cuando está libre se sienta a contarme toda su vida. Me tomo el café con toda la calma del mundo, con la paciencia que sólo la gente de mi edad conoce. Y desde la terraza del café, veo como la tarde poco a poco se va agotando.

Pero hoy siento que la soledad me pesa, tal vez sea la culpa del verano que me invita a hacer de este día algo fuera de lo común, tal vez sea la ola de calor que amenaza con consumirme. Me digo entonces que tengo que salir y cambiar mi ruta. Me preparo para salir y dejo que sea mi soledad la que me pasee. Me dice que quiere ir más allá de las mismas calles que ve siempre y acepto. Le advierto que caminar ya me cuesta un poco y aún así me obliga a caminar más allá de mis propias fronteras.

Llego a la avenida Général Leclerc donde varios buses circulan. Me acerco al paradero más cercano y miro los recorridos que hacen, y debo admitir que me siento cual turista en Paris. Gare Saint-Lazare, Gare du Nord, Porte de la Chapelle, Place Clichy…leo con atención cada ruta sin saber muy bien a dónde quiero ir exactamente. La ciudad se me ofrece entera a mis ojos. Sin pensarlo más, me subo en el primero que pasa. Me siento en el asiento de atrás, al lado de la ventana. Mi soledad se siente en una verdadera excursión, le digo que se aquiete, que solo es un trayecto más. Siento un poco de tristeza por mi situación, el acto más osado que encontré fue subirme a un bus…y aún así me vuelvo a sentir una turista en esta ciudad de miles de posibilidades. Afuera la gente parece derretirse del calor, pero muchos se resguardan en las terrazas. Adentro, solo somos el conductor y yo, que se ve tan agotado como yo. De lejos, aunque ni de cerca puedo confiar en lo que mis ojos leen, diría que conduce con la misma lentitud con la que yo lo haría, como si ambos lleváramos ya mucho tiempo en esta tierra. Pienso en levantarme y acercarme a él, preguntarle cómo va su día en el día más caliente del año, pero llegar hasta al frente del bus me parece una misión imposible. Pienso en que debería gritarle y decirle: ¡qué calor! ¿no le parece? Pero el hilo de mi voz no llegaría nunca tan lejos y aquel comentario tan obvio, no serviría de nada. Decido entonces focalizarme en la película que pasa frente a mi: París sigue derritiéndose, pero el mar de gente parece querer darle batalla al calor. Gente con sombrillas para cubrirse del sol, gente con cervezas heladas y ventiladores portátiles, niños bañándose con mangueras de agua. Pasamos frente al león de Denfert-Rochereau al que también se le ven gotas inmensas de sudor. La estatua de bronce se derrite de a poco, pero nadie más parece darse cuenta.

Seguimos avanzando y en cada esquina veo cada vez menos gente. O al menos, no hay nadie en cada nuevo paradero. Seguimos siendo sólo los dos. Pasamos frente al jardín del Luxemburgo, donde en otra época veníamos a caminarlo cada mañana con mi esposo. En verano o invierno, sin importar el tiempo, no nos podía faltar aquel paseo matutino. Nos acostumbramos a caminarlo con paciencia, sin afanes, contándonos todo o en silencio, cruzando el saludo con otros viejos retirados, pero siempre manteniendo la burbuja entre los dos. Me digo que volver a caminar el jardín es la mejor manera de conmemorarlo, yo que esta mañana lo imaginaba aún conmigo. Le contaría que en mi vida no hay nada nuevo desde que se fue, que la verdad me gustaría acompañarlo pronto, le rogaría que me lleve con él. Intento levantarme, al menos hacer un gesto para pedir que pare en la próxima parada pero mi cuerpo no me obedece. Tampoco insisto mucho, me dejo llevar por el letargo y veo cómo nos alejamos del jardín.

Ya por Saint Michel, me empiezo a preocupar un poco porque la poca gente que veo en las calles camina todos a mi ritmo, como si este letargo que me invade fuera colectivo y nos hubiéramos poco a poco rendido al calor que lo embarga todo. Veo a Notre-Dame y pienso que a la pobre no le han dado tregua. Después de aquel horrible incendio, la siento prepararse para otro nuevo con este calor de infierno. Intento ver por el espejo si el conductor sigue conmigo. Mi visión se reduce cada vez más, pero supongo que está bien porque nos seguimos moviendo.

Ya en Châtelet mis sospechas se confirman: estamos atrapados en este bus y no sólo nosotros, todos en esta ciudad que se ha convertido en un infierno a cielo abierto. Veo a los turistas que se derriten como el león de Bronce y me pregunto si también nos estamos derritiendo. Miro mis manos y las arrugas que llevo en mi se van poco a poco desenlazando, cayendo al piso. 

No tengo dudas de que esto sea una alucinación causada por el calor o por mi vieja imaginación. Mientras que mi cuerpo se derrite, y antes de que pierda por completo la vista, aprovecho para dar una última ojeada a Paris, o lo poco que queda de ella. Si yo me derrito, ella también se deja consumir por el fuego. Se ha convertido en el Pandemónium y me pregunto si entonces el cielo se nos será negado. Dudo si encontraré a mi esposo después de este final, o a Simone que debió ya sucumbir bajo el fuego, o al conductor que no sé si sigue aquí…pero en este bus firmó mi muerte y la aceptó con toda la paz posible. Siento que mi cuerpo se va evaporando y creo que no pude pedir por una mejor destinación. Yo que no sabia a dónde ir y mi rumbo estaba ya escrito.