Pájaro de fuego, Fénix que a la eternidad haces eco,
te fundes en mi cuerpo y me haces río.
Tus alas las acaricia el mar del cielo y tu vuelo
recorre, despacio con la eternidad del tiempo,
todos mis silencios.
Pájaro de fuego, estás bajo el yugo del viento
que te ha condenado al viaje eterno.
Nómada de la honda noche, me tomas de refugio
y haces de mi piel un manto de océanos violentos.
Pájaro de fuego, a la luz del sol le tienes miedo
mueres con el día y de tus cenizas nacen los astros del cielo. Te despluman y tu vuelo cae. Te sofocan y tu fuego desvanece.
Pájaro de hielo,espantas al otoño
y en tu alado beso traes el invierno.
Tú corazón se vuelve ave rapaz,
de caricias vagas un ocioso cazador.
Pájaro de hielo, luchas contra el tiempo
y huyes de tu reflejo viejo y cansado.
Huyes de mí,
de mi abrazo. Abres tus alas, escapas y tu vuelo de pájaro se hunde en lo profundo de mi vers o
François Dupont murió el pasado 24 de Julio en esta plaza. Si usted es familiar o tiene
alguna información sobre él por favor
llame al: 0695749865. Leyó el anuncio una y otra vez. Se imaginó a François
como un hombre pequeño, no más de uno
setenta años, con barba blanca y con ojos sin color e inútiles, con una barriga
llena de cerveza y pulmones invadidos de tabaco, con manos sucias de tierra y
el cuerpo botando ríos de sudor. ¿Cómo pudo haber muerto François Dupont?
¿Acaso fue una muerte lenta y agonizante o de un solo golpe la muerte lo agarró
y lo tiró al piso? Tal vez fue un tiro que derrumbó su cuerpo en medio de la
noche. Pero si fue un tiro yo lo hubiera escuchado, se dijo. Mi casa sólo queda
a unas pocas cuadras de acá y el estruendo de la bala me hubiera despertado. De
seguro habrá sido el asfixiante calor de verano, se habrá ido con el sol de la noche que ya sin
fuerzas para calentar se despide alrededor de las diez. La gente que debió
verlo habrá pensado que era un borracho que dormía su borrachera pero en
realidad era un viejo que saludaba ya la muerte.
Siguió caminando y en el siguiente poste leyó el mismo
anuncio. Ahora la imagen de François se hacía cada vez más nítida en su
imaginación. Lo vistió de harapos viejos y con un par de tennis sin suela. Se
preguntó cuál habrá sido la última cosa que pensó, o si pudo pensar algo
después de su muerte. Miro hacia los lados y vio que cada poste que rodeaba la
plaza tenía el mismo anuncio. Sin embargo él era el único que se tomaba el
tiempo para leerlos. François Dupont había muerto aquí o ahí o más allá hace… ¿hace
cuánto tiempo este tipo anda muerto? Se preguntó sin poder encontrar la
respuesta. Se paraba de la cama sin saber qué horas eran ni en qué día estaba.
Nadaba entre los días como aquellos que ya no tienen nada que esperar. Se sentó
en la banca más cercana y trató de acordarse qué día era hoy. Pensó en lo que
había hecho ayer o el día antes de ayer pero de nuevo la nada lo saludo.
Sentado pudo ver las vidas que tenía en frente de sus
ojos, todo el mundo pasaba ignorando que Monsieur Dupont había muerto aquí,
hace…hace algunos días. Los que estaban sentados mantenían sus ojos fijos en
los periódicos leyendo sobre la muerte en otros lados, los que pasaban
caminando seguían su camino sin detenerse. Se acordó entonces que él también
debía seguir su camino. Sí. Por algo se había levantado. Por algo había hecho
el esfuerzo de dejar su cama, de vestirse, de tomar un café y una tostada y
llamarlo desayuno. Por algo salió apurado dejando a medio cerrar la puerta de
su pequeño apartamento. Pero a dónde iba ¿a dónde vas? ah sí. Iba de camino a dejar una carta en el correo. Pero la carta
podía esperar, debe esperar, esperará un rato más.
Pensó que de seguro lo
había visto, lo había podido cruzar en la calle. Si ambos pasábamos seguido por
este parque nos debimos haber cruzado una mirada, o un saludo tal vez. Se dijo
que de pronto pudo haberle dado alguna moneda. De seguro le pude haber dado una
moneda, un céntimo, o cinco. Pero nunca diez porque nunca tengo tanto. Estoy
seguro que debí haberlo visto. Dupont debe ser el viejo que siempre se sentaba
en esta banca que da en frente al parque Monceau, esta banca era su única
posesión en esta tierra, su reino entre el infierno. ¿Y si llamo a ese número y digo que lo conocí?
Tal vez sea la mejor idea, poco importa si lo conocí o no. Apuesto a que nadie
lo conoció nunca y ni siquiera lo enterrarán. Quemarán su cuerpo y tirarán las
cenizas a la basura. Y Así en menos de un minuto la vida de François Dupont
habrá terminado. Ni un recuerdo ni un trazo de su paso por la tierra, nada, de
nuevo nada. Pero enseguida descartó la idea de llamar, ¿cómo llamar si no tengo
celular ni dinero para llamar? Entonces decidió que iría a la policía, diría
que fue el único amigo que François Dupont tuvo en la vida y reclamaría su
derecho a tener un entierro como cualquier persona se merece dejar esta tierra.
¿Pero qué tal que François haya sido un tipo peligroso, el delincuente, el más
grande ladrón del barrio? Me culparían, por decir que fui su único amigo me tomaran
también como su único cómplice. Pero es un riesgo que tenía que tomar. La
curiosidad por saber quién se escondía detrás del nombre que invadía toda plaza
lo encaminó hacía la prefectura más cercana que encontró.
De camino fue leyendo una y otra vez el anuncio que
había arrancado y pensando en cada palabra que diría al policía. Primero tengo
que decir buenos días porque con la autoridad siempre hay que ser lambón,
después le pasó el papel y le digo que François fue un conocido mío. No, un
amigo mío. Mejor aún, François fue mi mejor amigo y que me sorprendía su reciente
muerte. Aquí tengo que fingir algunas lágrimas y con la voz quebrada le digo
que François siempre quiso tener un entierro. Pero si no tengo plata para una
llamada mucho menos voy a tener para un entierro. Se preguntó como hacían los
pobres para morirse, si hasta para eso hay que tener plata. Bueno, algo me
inventaré. Le diré a la vieja del apartamento que este mes no se lo puedo
pagar, que me echaron del bar donde trabajo pero que el próximo mes le pagaré
los dos meses completos.
Goya- Perro semihundido
Entró decidido y preparado para enfrentar lo que fuese
la identidad de François pero cuando llegó la estación de policía ya estaba a
reventar. Le pidieron tomar un número y pasar a la sala de espera. Tenía el
número 30 e iban apenas en el 10. Veinte personas en frente suyo: una muchacha
que con su pierna iba dando el ritmo al paso de los segundos, un viejo bigotudo
que enrollaba y desenrollaba un periódico, una señora que parecía haber comido
un elefante de desayuno con cara de tragedia y desesperación, un señor con un
portafolio entre sus manos que se paraba cada cinco minutos a ver el reloj que
colgaba a lo alto de un muro. El reloj, dueño de la espera de cada uno de los
que esperaba, excepto para él que le daba igual esperar el día aquí o en otro
lado.
Cuando le llegó su turno no tuvo palabras para decirle
al agente, sólo extendió su mano y le
entregó el anuncio que ya estaba arrugado y lleno de pliegues. Un momento de
silencio. El agente se sumerge en la lectura, después clava su mirada en la de
él. Este ya me está empezando a analizar, pensara que estoy loco. Y la verdad es que sí lo está. El policía lo
mira a los ojos de nuevo pero esta vez mucho más de cerca. Rompe el anuncio en
dos y lo tira a la basura. Enseguida le pone en la cara un pequeño calendario que
le indica el día en el que están. François Dupont lleva muerto hace más de dos meses.
Habrá muerto solo en una noche de verano, sin que nadie lo viera morir. Habrá
caminado solo hacía lo desconocido o…le habrá sonreído a la muerte. Se habrá
tirado a sus pies pidiéndole por fin un descanso.
"J'appelle « anamnèse » l'action — mélange de jouissance et d'effort — que mène le sujet pour retrouver, sans l'agrandir ni le faire vibrer une ténuité du souvenir : c'est le haïku lui-même"
Roland Barthes
A la hora del almuerzo la abuela es la única que tiene
derecho a comer con las manos. Su mano izquierda el cuchillo, su mano derecha
el tenedor. El pescado con miles de espinas se deshace entre sus manos. Cuando
se mete uno de los últimos bocados se escucha
un estruendo, un grito, un alboroto. Una de las espinas le atraviesa la
garganta.
La niña no se quiere pararse de la cama. Mejor cargar la cruz de cristo que ir al colegio. Qué tortura. Qué suplicio. La figura de la profesora, de piel blanca, arrugada y el cabello corto que le aumenta los años, representa para la niña el mismo infierno. La mamá le pregunta por qué, por qué hijita no quieres ir a estudiar mientras ella recuerda que la llama negra, que la deja a un lado.
El pequeño fragmento de cielo que cubre Leticia es
invadido por el canto de los pájaros a la misma hora, todos los días sin falta.
A las seis de la tarde salen de sus escondites y anuncian que otro día ya ha
terminado. La niña que vive al frente del parque sale a escuchar la música
estridente. Mira al cielo. Mira más allá del cielo. Mira y mira y no entiende
la grand-eza de la natural-eza.
En la estación Saint Lazare se hace un viejo que está
ciego, quién sabe si hace tiempo o si es la vejez que le ha cerrado los ojos.
Cada mañana lo veo del otro lado de la línea tocando la misma canción de
Georges Brassens. Su presencia que pasa desapercibida por todos los que llevan
afán, irrumpe en mí como una señal. Me dice que cada momento de la vida merece
convertirse en cuadro, en recuerdo, en oración.
recinto y cuna del silencio donde la palabra se sumerge y toma aliento. Entonces lo que mi boca calla mi pulso lo canta. Del suspiro del susurro a grito a aullido a tormenta voraz. Entonces las palabras que este papel guarda hablan más fuerte que mi boca. Esta hoja en blanco se hace Aleph,
espejo de mentiras que me cuento.
Las palabras tienen el poder de evocar la memoria y hacer de la
distancia algo más soportable. Es así que las palabras acortan distancias entre
diferentes continentes, entre la vida y la muerte. A la misma vez son ellas las
que me recuerdan una irrevocable verdad: el presente sólo nos pertenece por un
segundo mientras que el tiempo pasado se acumula en los recuerdos, en los
trazos de lo que vamos dejando atrás.
Ahora, este presente me obliga a hablar en pasado de
una mujer mágica, con ojos de oráculos y manos curadoras. Con caderas que
cargaron nueve vidas, con pies de caminante que pisaron selva y asfalto. Así
estaba hecho el cuerpo de mi abuelita, santuario de vida e infinidad. Y los
recuerdos y todo lo que su vida nos dejó son las pruebas más grandes de su
magia.
Mi abuelita, la
pobre viejecita, no vivía de apariencias ni de cosas materiales. Sus nueve
hijos, sus nietos y sus bisnietos la llenaban de regalos para su cumpleaños o
en navidad y cada regalo se iba acumulando en sus cajones. Ella prefería ponerse
sus viejos sacos y sus viejas sandalias porque no necesitaba más, siempre iba
vestida del mejor traje: un alma milenaria llena de cariño y alegría que nos
envolvía a todos. Por las mañanas, sus desayunos eran manjares de reyes: desde
calentado hasta pescado, plátano y fariña que sabían mucho mejor con la mano.
Su mesa se convertía entonces en refugio soñado de todo peregrino, la puerta de su casa siempre permanecía
abierta y los muebles de la sala nunca parecían ser suficientes para dar acojo
a todos lo que venían a visitarla.
Mi abuelita tenía un ojo mirando atrás, siempre tenía
una historia de lo todo lo que había visto, por todo lo que había tenido que
pasar. Abandonó la selva que la había visto nacer para ir a la ciudad y darle
una mejor vida a sus hijos. A cada uno sacó adelante y gracias a ella, hoy
otros tantos árboles de vida se sostienen. Y el otro ojo lo tenía mirando hacia
adelante, hacía el futuro. Tenía el mágico poder de ver lo que nadie más podía
y disfrazaba su poder con la excusa de leer el chocolate. Así en una taza de
chocolate se empezaba a grabar la incertitud del futuro y la confirmación de lo
ya vivido. La última vez que me leyó el chocolate ambos recordamos lo que había
tenido que vivir. Durante la madrugada, cuando la noche todavía está lejos del
sol, yo manejaba entre pueblos fantasmas para llegar a la estación de tren más
cercana. Era un recorrido que pensaba que hacía sola pero cuando ella me leyó
el chocolate y empezó a describir el mismo paisaje desolado de la carretera y cómo
los trenes que pasaban rompían el silencio me di cuenta que ella iba conmigo,
sentada a mi derecha y mostrándome el camino.
Si ahora tengo que hablar de mi abuelita en pasado, no
es más que por una formalidad lingüística porque siento que ella está conmigo
en París y está también con toda mi familia en Bogotá y en Leticia. Ahora no me
queda más que darle infinitas gracias por haber alimentado mi imaginación con
tantas historias y darme siempre el cariño más puro y la tranquilidad que
siempre encontraba entre sus brazos. Su vida dio tantos frutos que muchos hoy
guardan un pedacito de ella en sus recuerdos y así no haya nada después de la
muerte, o si otra vida se esconde detrás de esta, aquí María Corina sigue con
nosotros.