miércoles, 20 de septiembre de 2017

Identidad

Les nymphéas - Monet


Pertenezco a una ciudad agua 
de laberintos infinitos donde todos
se pierden y se encuentra renacidos.

Soy de una ciudad libro 
donde cada calle es un verso estrecho
y donde el río escribe un eterno
poema contra el tiempo y el olvido.

Vengo de una ciudad máscara
donde mi identidad la escondo
y puedo ser todas las caras del mundo

Vivo en una ciudad sueño 
de puentes que unen tierra y cielo,
donde nado buscando el trazo del pasado
y este presente que se me escapa de la mano.







lunes, 15 de mayo de 2017

Vuelo de pájaro



L'ange du foyer- Max Ernst

Pájaro de fuego, Fénix que a la eternidad haces eco,
te fundes en mi cuerpo y me haces río. 
Tus alas las acaricia el mar del cielo y tu vuelo 
recorre, despacio con la eternidad del tiempo,
                                                            todos mis silencios. 

Pájaro de fuego, estás bajo el yugo del viento
que te ha condenado al viaje eterno.
Nómada de la honda noche, me tomas de refugio
y haces de mi piel un manto de océanos violentos.

Pájaro de fuego, a la luz del sol  le tienes miedo
mueres con el día y de tus cenizas nacen los astros del cielo.

Te despluman 
        y
                             
                    tu vuelo
                                
                                       cae.
                                           
                                     Te sofocan
                         
                      y

                               tu fuego 
                                             
 desvanece.


Pájaro de hielo,espantas al otoño
 y en tu alado beso traes el invierno.
Tú corazón se vuelve ave rapaz,
 de caricias vagas un ocioso cazador.


Pájaro de hielo, luchas contra el tiempo
y huyes de tu reflejo viejo y cansado.
Huyes de mí,
 de mi abrazo.

Abres tus alas, escapas  
y tu vuelo de pájaro 
se hunde en 
lo profundo
de mi
vers
o








sábado, 22 de abril de 2017

Esbozo de una vida sin testigos

Primer Trazo


François Dupont murió el pasado 24 de Julio en  esta plaza. Si usted es familiar o tiene alguna información sobre él por  favor llame al: 0695749865. Leyó el anuncio una y otra vez. Se imaginó a François como un  hombre pequeño, no más de uno setenta años, con barba blanca y con ojos sin color e inútiles, con una barriga llena de cerveza y pulmones invadidos de tabaco, con manos sucias de tierra y el cuerpo botando ríos de sudor. ¿Cómo pudo haber muerto François Dupont? ¿Acaso fue una muerte lenta y agonizante o de un solo golpe la muerte lo agarró y lo tiró al piso? Tal vez fue un tiro que derrumbó su cuerpo en medio de la noche. Pero si fue un tiro yo lo hubiera escuchado, se dijo. Mi casa sólo queda a unas pocas cuadras de acá y el estruendo de la bala me hubiera despertado. De seguro habrá sido el asfixiante calor de verano, se  habrá ido con el sol de la noche que ya sin fuerzas para calentar se despide alrededor de las diez. La gente que debió verlo habrá pensado que era un borracho que dormía su borrachera pero en realidad era un viejo que saludaba ya la muerte.

Siguió caminando y en el siguiente poste leyó el mismo anuncio. Ahora la imagen de François se hacía cada vez más nítida en su imaginación. Lo vistió de harapos viejos y con un par de tennis sin suela. Se preguntó cuál habrá sido la última cosa que pensó, o si pudo pensar algo después de su muerte. Miro hacia los lados y vio que cada poste que rodeaba la plaza tenía el mismo anuncio. Sin embargo él era el único que se tomaba el tiempo para leerlos. François Dupont había muerto aquí o ahí o más allá hace… ¿hace cuánto tiempo este tipo anda muerto? Se preguntó sin poder encontrar la respuesta. Se paraba de la cama sin saber qué horas eran ni en qué día estaba. Nadaba entre los días como aquellos que ya no tienen nada que esperar. Se sentó en la banca más cercana y trató de acordarse qué día era hoy. Pensó en lo que había hecho ayer o el día antes de ayer pero de nuevo la nada lo saludo.

Sentado pudo ver las vidas que tenía en frente de sus ojos, todo el mundo pasaba ignorando que Monsieur Dupont había muerto aquí, hace…hace algunos días. Los que estaban sentados mantenían sus ojos fijos en los periódicos leyendo sobre la muerte en otros lados, los que pasaban caminando seguían su camino sin detenerse. Se acordó entonces que él también debía seguir su camino. Sí. Por algo se había levantado. Por algo había hecho el esfuerzo de dejar su cama, de vestirse, de tomar un café y una tostada y llamarlo desayuno. Por algo salió apurado dejando a medio cerrar la puerta de su pequeño apartamento. Pero a dónde iba ¿a dónde vas? ah sí. Iba de camino  a dejar una carta en el correo. Pero la carta podía esperar, debe esperar, esperará un rato más.

Pensó que de seguro lo había visto, lo había podido cruzar en la calle. Si ambos pasábamos seguido por este parque nos debimos haber cruzado una mirada, o un saludo tal vez. Se dijo que de pronto pudo haberle dado alguna moneda. De seguro le pude haber dado una moneda, un céntimo, o cinco. Pero nunca diez porque nunca tengo tanto. Estoy seguro que debí haberlo visto. Dupont debe ser el viejo que siempre se sentaba en esta banca que da en frente al parque Monceau, esta banca era su única posesión en esta tierra, su reino entre el infierno. ¿Y si llamo a ese número y digo que lo conocí? Tal vez sea la mejor idea, poco importa si lo conocí o no. Apuesto a que nadie lo conoció nunca y ni siquiera lo enterrarán. Quemarán su cuerpo y tirarán las cenizas a la basura. Y Así en menos de un minuto la vida de François Dupont habrá terminado. Ni un recuerdo ni un trazo de su paso por la tierra, nada, de nuevo nada. Pero enseguida descartó la idea de llamar, ¿cómo llamar si no tengo celular ni dinero para llamar? Entonces decidió que iría a la policía, diría que fue el único amigo que François Dupont tuvo en la vida y reclamaría su derecho a tener un entierro como cualquier persona se merece dejar esta tierra. ¿Pero qué tal que François haya sido un tipo peligroso, el delincuente, el más grande ladrón del barrio? Me culparían, por decir que fui su único amigo me tomaran también como su único cómplice. Pero es un riesgo que tenía que tomar. La curiosidad por saber quién se escondía detrás del nombre que invadía toda plaza lo encaminó hacía la prefectura más cercana que encontró.

De camino fue leyendo una y otra vez el anuncio que había arrancado y pensando en cada palabra que diría al policía. Primero tengo que decir buenos días porque con la autoridad siempre hay que ser lambón, después le pasó el papel y le digo que François fue un conocido mío. No, un amigo mío. Mejor aún, François fue mi mejor amigo y que me sorprendía su reciente muerte. Aquí tengo que fingir algunas lágrimas y con la voz quebrada le digo que François siempre quiso tener un entierro. Pero si no tengo plata para una llamada mucho menos voy a tener para un entierro. Se preguntó como hacían los pobres para morirse, si hasta para eso hay que tener plata. Bueno, algo me inventaré. Le diré a la vieja del apartamento que este mes no se lo puedo pagar, que me echaron del bar donde trabajo pero que el próximo mes le pagaré los dos meses completos.

Goya- Perro semihundido
Entró decidido y preparado para enfrentar lo que fuese la identidad de François pero cuando llegó la estación de policía ya estaba a reventar. Le pidieron tomar un número y pasar a la sala de espera. Tenía el número 30 e iban apenas en el 10. Veinte personas en frente suyo: una muchacha que con su pierna iba dando el ritmo al paso de los segundos, un viejo bigotudo que enrollaba y desenrollaba un periódico, una señora que parecía haber comido un elefante de desayuno con cara de tragedia y desesperación, un señor con un portafolio entre sus manos que se paraba cada cinco minutos a ver el reloj que colgaba a lo alto de un muro. El reloj, dueño de la espera de cada uno de los que esperaba, excepto para él que le daba igual esperar el día aquí o en otro lado.


Cuando le llegó su turno no tuvo palabras para decirle al agente, sólo extendió  su mano y le entregó el anuncio que ya estaba arrugado y lleno de pliegues. Un momento de silencio. El agente se sumerge en la lectura, después clava su mirada en la de él. Este ya me está empezando a analizar, pensara que estoy loco.  Y la verdad es que sí lo está. El policía lo mira a los ojos de nuevo pero esta vez mucho más de cerca. Rompe el anuncio en dos y lo tira a la basura. Enseguida le pone en la cara un pequeño calendario que le indica el día en el que están. François  Dupont lleva muerto hace más de dos meses. Habrá muerto solo en una noche de verano, sin que nadie lo viera morir. Habrá caminado solo hacía lo desconocido o…le habrá sonreído a la muerte. Se habrá tirado a sus pies pidiéndole por fin un descanso. 

Segundo trazo



martes, 28 de febrero de 2017

Geografia III

Lautrec-Le Lit
Detrás de mí dejé la puerta
de la casa abierta.
El hogar debe estar frío,
el olvido ya habrá entrado.


Mi cuarto lo imagino habitado
por el tiempo, que cansado,
se acostó en mi cama
buscando un segundo de descanso

Pero se encontró con las sabanas sin tender
y con la sombra de un amor a medio hacer.
Con un te quiero jamás pronunciando
que le reclama la ocasión el momento.

Sobre la mesa de noche
habrá encontrado tres cuentos sin contar,
un personaje sin nombre 
y un inicio que quiere acabar. 

En la biblioteca el universo
 un libro olvidado
que él va carcomiendo.
El tiempo muerto en este verso. 

Detrás de mí dejé el recuerdo
Adelante ya veo el olvido.
Porque siempre voy huyendo,
voy buscando el hogar perdido. 







lunes, 9 de enero de 2017

Anamnesis I


"J'appelle « anamnèse » l'action — mélange de jouissance et d'effort — que mène le sujet pour retrouver, sans l'agrandir ni le faire vibrer une ténuité du souvenir : c'est le haïku lui-même"
                                                                                                                                          Roland Barthes


A la hora del almuerzo la abuela es la única que tiene derecho a comer con las manos. Su mano izquierda el cuchillo, su mano derecha el tenedor. El pescado con miles de espinas se deshace entre sus manos. Cuando se mete uno de los últimos bocados  se escucha un estruendo, un grito, un alboroto. Una de las espinas le atraviesa la garganta.

La niña no se quiere pararse de la cama. Mejor cargar la cruz de cristo que ir al colegio. Qué tortura. Qué suplicio. La figura de la profesora, de piel blanca, arrugada y el cabello corto que le aumenta los años, representa para la niña el mismo infierno. La mamá le pregunta por qué, por qué hijita no quieres ir a estudiar mientras ella recuerda que la llama negra, que la deja a un lado. 

El pequeño fragmento de cielo que cubre Leticia es invadido por el canto de los pájaros a la misma hora, todos los días sin falta. A las seis de la tarde salen de sus escondites y anuncian que otro día ya ha terminado. La niña que vive al frente del parque sale a escuchar la música estridente. Mira al cielo. Mira más allá del cielo. Mira y mira y no entiende la grand-eza de la natural-eza.


En la estación Saint Lazare se hace un viejo que está ciego, quién sabe si hace tiempo o si es la vejez que le ha cerrado los ojos. Cada mañana lo veo del otro lado de la línea tocando la misma canción de Georges Brassens. Su presencia que pasa desapercibida por todos los que llevan afán, irrumpe en mí como una señal. Me dice que cada momento de la vida merece convertirse en cuadro, en recuerdo, en oración.



viernes, 23 de diciembre de 2016

Reivindicación de mi silencio

Sun in an empty room-Edward Hopper


En la punta de la lengua
tengo una palabra
que quiere decir eternidad,
peo dicha rosa
con el filo ardiente de la muerte

Luego de un silencio
cae en el vasto olvido,
en el país del ruido.
Todo lo que digo de pronto lo callo;
del grito soñado al susurro pronunciado

Mi voz se va anudando como un hilo 
en laberintos labrados por mi propia lengua. 
Lo no dicho desemboca en el río 
                                                               de mis manos, 
recinto y cuna del silencio donde la palabra
se sumerge y toma aliento.

Entonces lo que mi boca calla 
mi pulso lo canta.
Del suspiro del susurro  
a grito a aullido a tormenta voraz. 

 Entonces las palabras que este papel guarda 
hablan más fuerte que mi boca.
Esta hoja en blanco se hace Aleph,
espejo de mentiras que me cuento.



domingo, 21 de agosto de 2016

Carta a mi viejita

 Las palabras tienen el poder de evocar la memoria y hacer de la distancia algo más soportable. Es así que las palabras acortan distancias entre diferentes continentes, entre la vida y la muerte. A la misma vez son ellas las que me recuerdan una irrevocable verdad: el presente sólo nos pertenece por un segundo mientras que el tiempo pasado se acumula en los recuerdos, en los trazos de lo que vamos dejando atrás.
Ahora, este presente me obliga a hablar en pasado de una mujer mágica, con ojos de oráculos y manos curadoras. Con caderas que cargaron nueve vidas, con pies de caminante que pisaron selva y asfalto. Así estaba hecho el cuerpo de mi abuelita, santuario de vida e infinidad. Y los recuerdos y todo lo que su vida nos dejó son las pruebas más grandes de su magia.
 Mi abuelita, la pobre viejecita, no vivía de apariencias ni de cosas materiales. Sus nueve hijos, sus nietos y sus bisnietos la llenaban de regalos para su cumpleaños o en navidad y cada regalo se iba acumulando en sus cajones. Ella prefería ponerse sus viejos sacos y sus viejas sandalias porque no necesitaba más, siempre iba vestida del mejor traje: un alma milenaria llena de cariño y alegría que nos envolvía a todos. Por las mañanas, sus desayunos eran manjares de reyes: desde calentado hasta pescado, plátano y fariña que sabían mucho mejor con la mano. Su mesa se convertía entonces en refugio soñado de todo peregrino,  la puerta de su casa siempre permanecía abierta y los muebles de la sala nunca parecían ser suficientes para dar acojo a todos lo que venían a visitarla.  
Mi abuelita tenía un ojo mirando atrás, siempre tenía una historia de lo todo lo que había visto, por todo lo que había tenido que pasar. Abandonó la selva que la había visto nacer para ir a la ciudad y darle una mejor vida a sus hijos. A cada uno sacó adelante y gracias a ella, hoy otros tantos árboles de vida se sostienen. Y el otro ojo lo tenía mirando hacia adelante, hacía el futuro. Tenía el mágico poder de ver lo que nadie más podía y disfrazaba su poder con la excusa de leer el chocolate. Así en una taza de chocolate se empezaba a grabar la incertitud del futuro y la confirmación de lo ya vivido. La última vez que me leyó el chocolate ambos recordamos lo que había tenido que vivir. Durante la madrugada, cuando la noche todavía está lejos del sol, yo manejaba entre pueblos fantasmas para llegar a la estación de tren más cercana. Era un recorrido que pensaba que hacía sola pero cuando ella me leyó el chocolate y empezó a describir el mismo paisaje desolado de la carretera y cómo los trenes que pasaban rompían el silencio me di cuenta que ella iba conmigo, sentada a mi derecha y mostrándome el camino.
Si ahora tengo que hablar de mi abuelita en pasado, no es más que por una formalidad lingüística porque siento que ella está conmigo en París y está también con toda mi familia en Bogotá y en Leticia. Ahora no me queda más que darle infinitas gracias por haber alimentado mi imaginación con tantas historias y darme siempre el cariño más puro y la tranquilidad que siempre encontraba entre sus brazos. Su vida dio tantos frutos que muchos hoy guardan un pedacito de ella en sus recuerdos y así no haya nada después de la muerte, o si otra vida se esconde detrás de esta, aquí María Corina sigue con nosotros.